Augusta Foss de Heindel

sábado, 28 de febrero de 2015

El impulso de lo invisible



El impulso de lo invisible
(Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes de 1 de octubre de 1.929)
 
            “Mas, del fruto del árbol que está en medio del huerto, dijo Dios, no comeréis de él, ni lo tocaréis porque no muráis… Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió;  y dio también a su marido, el cual comió así como ella… Y dijo Jehová Dios:  he aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, para que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y viva para siempre, sacarélo del huerto del Edén”. (Génesis, cap. 3º).

            Este Jardín del Edén era la Región Etérica, donde el hombre moraba en estado pueril. Poseía un cuerpo físico mas, como era físicamente ciego, no lo veía. Empero, en el mundo etérico estaba despierto y consciente y era capaz de comunicarse con los seres espirituales  de  aquella  región.  En  aquel  entonces  el  hombre  era  bisexual  y  podía procrear un cuerpo sin la colaboración de otra persona. Mas, llegó el tiempo en que fue de imperiosa necesidad de que se constituyera en ser pensador e individualizado, ya que no podría continuar para siempre como un autómata guiado por Dios. Como había sido creado a imagen de Dios, era preciso otorgarle la posibilidad de hacerse como Dios, un ser de toda sabiduría y todo conocimiento. Era necesario, pues, que tuviera un cerebro por el cual habría de actuar. 
            Precisamente  en  ese  tiempo,  los  espíritus  luciferes,  los  ángeles  caídos  del Período Lunar, aparecieron en escena e impartieron al hombre el conocimiento de que podía  ser  agente  libre  en  vez  de  un  autómata.  Los  espíritus  luciferes hicieron posible que el hombre se constituyera en dios o en bestia. Pero, como ellos no eran dioses, no les fue posible impartir al hombre el amor puro y espiritual. Como eran ángeles caídos, únicamente  pudieron  conferirle  los  más  bajos  deseos,  los  que  le  han  acarreado 
infortunio, sufrimiento y muerte, aunque también le han otorgado la energía dinámica y lo han despertado a la actividad mental. No podían, sin embargo, impartir las verdades espirituales  superiores,  las  que  vienen  al  hombre  únicamente  a  través  del  verdadero Portador de la Luz, Cristo, el evolucionado más alto de la Humanidad del Período Solar.
Este gran Ser siembra el amor espiritual del Padre en el pecho del hombre y así nos lo dice San Juan (6:51): “Yo soy el pan viviente que descendió del cielo; el hombre que coma de este pan, vivirá para siempre”.

            Los espíritus luciferes son llamados portadores de luz porque trajeron al hombre el conocimiento de que podía procrear un cuerpo físico a voluntad. Aun        que este cuerpo  habría de  morir,  siempre  el  hombre  poseía  el  conocimiento  para  procrear  uno nuevo. Este conocimiento lo hacía un creador en pequeña escala, mas el precio que pagó por  ello  fue  la  pérdida  del  vivir  conscientemente  en  el  mundo  espiritual,  que  era  su verdadero  hogar.  Ese  mundo  ya  no  era  real  para  él.  Se  había  trocado  en  tan  sólo  un sueño. La posición en que entonces estaba era semejante a la del joven que, por obrar mal,  se  aparte  de  la  casa  d  su  padre  para  hacer  su  propia  fortuna.  Tal  joven  es sumamente desgraciado por algún tiempo y no sabe qué hacer. Mas, después de muchos fracasos  y  grandes  sufrimientos,  aprende  por  fin  a  ser  fuerte  e  independiente.  En  el tiempo comprendido desde que es niño hasta que se hace hombre, la propensión hacia el bien,  los  preceptos  impartidos  por  los  padres  y  los  ideales  de  la  vida  de  hogar, permanecen con él y lo impulsan a buscar el éxito.

            Así  ocurre  con  el  hombre  en  general:  existe  dentro  de  él  un  misterioso  y  mal comprendido  impulso,  un  algo  sutil  que  perennemente  lo  inclina  a  que  siga  adelante, siempre obligándolo a que haga esto o aquello. Un amigo de quien escribe solía decir: “Algo  me  obligó  a  que  lo  hiciera;  mas  algo  me  dijo,  me  amonestó  para  que  no  lo hiciera”. Cuando se le preguntaba qué era ese algo, si era guía, amonestación o impulso, 
respondía: “no lo sé; sólo sé que viene del interior”. De igual manera, el hombre siente y responde a un impulso interior misterioso y potente.

            Encontramos  un  impulso  semejante  obrando  en  todas  las  oleadas  de  vida inferiores. Cada una de ellas, en su propia etapa de evolución, siente y responde a una 
fuerza  desconocida  que  la  impulsa  adelante  para  alcanzar  la  perfección  a  su  propia manera. Usemos la oruga como ilustración: apenas emerge del huevo, dedica todo el día y toda la noche a comer. Come y come hasta que alcanza el tamaño máximo. Luego, se
la ve inquieta. El impulso instintivo del insecto lo impele a buscar la parte inferior de la ramita o la hoja y allí se cuelga, adherida a la hoja por medio de una sustancia pegajosa que fabrica dentro de sí misma.  Después de un tiempo, la parte inferior del cuerpo se agranda  y  empieza  a  comportarse  como  si  estuviera  sufriendo  dolor,  moviéndose  y retorciéndose.  Pronto  se  le  abre  el  dorso  y  la  vieja  piel  se  desprende,  dejando  la crisálida. Día tras día, el color de la crisálida cambia. Tras un período de tiempo que varía  desde  unas  cuantas  semanas  hasta  varios  meses,  dependiendo  de  la  especie,  la funda se rompe y una bella mariposa emerge. Todas estas transmutaciones se efectúan por virtud de un impulso interior. 

            La  abeja  y  la  hormiga  trabajan  infatigablemente  durante  sus  cortas  vidas, buscando  alcanzar  la  perfección  de  su  especie.  Y  la  abeja  y  la  hormiga  que  rehusan trabajar, son arrojadas del panal u hormiguero y, si se empeñan en volver, las matan. 
           
           La  pequeña  semilla  depositada  en  la  tierra  permanece  durmiente  por  algún tiempo, abasteciéndose de fuerza de la madre Tierra, hasta que la lluvia la llama a que 
brote y así responda al instinto o impulso de expresarse en su propia y especial manera. Y, tanto si resulta una vid que se arrastra y abraza la tierra, un árbol que crece a gran altura o un rosal que se expresa en bellos capullos, responde en cada caso al impulso misterioso de vivir. Y la semilla que no puede romper su cáscara, se desintegra y vuelve al  reino  mineral.  Vemos  así  como  cada  especie  responde  al  impulso  de  vivir,  de extenderse  y  de  alcanzar  la  perfección  y  que,  cuando  en  cualquier  individuo  de  la especie falta ese impulso, se desintegra y sirve de alimento a los demás miembros del reino vegetal. 
            Sabemos  que  el  zángano,  en la  vida  de  las  abejas,  es  arrojado  de  la  colmena. Pues  el  mismo  método  se  emplea  en  el  reino  humano:  los  seres  humanos  que  no responden al impulso espiritual, se quedan finalmente atrás como rezagados. La vida es 
una gran escuela y a los hombres se les clasifica como a los alumnos. Cada individuo se encuentra precisamente donde él mismo se ha colocado por su propio esfuerzo. Y, si no
ha podido ir  al  paso de los de su clase  en la evolución, y éstos han seguido  adelante  dejándolo  atrás,  no  puede  culpar  de  ello  a  Dios.  Todos  los  Espíritus  Virginales  de  la 
oleada  de  vida  humana  han  tenido  las  mismas  oportunidades,  ya  que  todos  iguales salieron de Dios. Por eso, cuando contemplamos el género humano nos entristece ver a tantos rezagados. Los más inferiores de éstos son los antropoides, que ya se quedaron 
atrás en las evoluciones de los períodos de Saturno y Solar. No respondieron al impulso interior  y  fueron,  por  tanto,  arrojados  de su clase  de  espíritus.  Pero  habían  tenido las mismas oportunidades y recibido tantas bendiciones como sus  espíritus hermanos, que ahora constituimos la humanidad.

            Luego,  llaman  nuestra  atención  los mongoles y los africanos..  Éstos quedaron rezagados  de  la  oleada  de  vida  humana  en  el  Período  Lunar.  Las  razas  a  las  que pertenecen los pueblos occidentales son las más adelantadas, pues han sobrepasado el nadir  de  la  involución,  la  parte  más  oscura  y  más  material  de  la  existencia.  Bien entendido que hablamos de la evolución de los cuerpos, ya que los espíritus virginales inmortales que todos somos, son todos iguales. 
            Los órganos del cuerpo físico han alcanzado ahora un gran desarrollo, pero es preciso  lograr  aún  mayor  perfección.  El  Ego  debe  perfeccionar  el  dominio  de  sus vehículos  y  empezar  a  eterizarlos.  En  el  pasado,  el  hombre  fue  guiado  por  seres superiores,  que  le  ayudaron  a  construir  sus  cuerpos,  pero ahora,  en  ese  aspecto,  debe empezar  a  depender  de  sí  mismo  y  ya  no  puede  depender  enteramente  del  auxilio  y protección de los más elevados. Y, a medida que aumenten sus conocimientos, será, por virtud de su serenidad, su ecuanimidad, su fuerza de voluntad y su liberación del temor, capaz de protegerse a sí mismo, así como de constituirse en ayuda, protección y amparo de los demás. Un hombre así, logrará con el tiempo eterizar, como consecuencia de su fuerza  interior  y  su  pureza  innata,  las  células  de  su  cuerpo  físico  a  tal  grado  que, paulatinamente,  se  eliminarán  sus  más  groseras  sustancias  constitutivas.  Entonces  el hombre necesitará menos cantidad de alimento, puesto que lo absorberá de los éteres. 
            El  hombre  que desee  saber, precisamente,  cuánto ha adelantado  en el  sendero espiritual, puede hacer juicio de ello basándose en sus apetitos y deseos. Si sus deseos son puros y su apetito por la comida es ligero, puede entonces sentirse complacido. Con el  tiempo  alcanzará  la  etapa  en  su  progreso  en  la  que  los  vegetales  más  sencillos  le satisfarán  y  sentirá  entonces  una  natural  aversión  por  los  alimentos  cárnicos.  Ningún 
alimento que provenga de animal le dará satisfacción. Además, buscará el silencio. Un hombre  así  es  ecuánime,  pacífico,  imperturbable  y  pronto  para  servir  donde  se  le necesite. Un alma adelantada tal está siempre dispuesta a comportarse en su trato para con otros con un espíritu de amor y tolerancia.
          
  El gran poeta Longfellow escribió:
 
            “Laboremos, pues, por una quietud interior.
            Una quietud interior y una interior curación.
            Ese perfecto silencio, en que los labios y el corazón
            callan, y ya no nos permitimos
            pensamientos imperfectos y vanas opiniones
            y sólo Dios habla en nosotros, y esperamos
            con sencillez de corazón, alcanzar a conocer
            Su voluntad y, en el silencio de nuestros espíritus,
            poner en práctica únicamente esa voluntad”


de Boletín Rosacruz , Nº 34     
Año 2000 Primer trimestre (Enero-Marzo) Fraternidad Rosacruz  Max  Heindel - Madrid

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