Augusta Foss de Heindel

sábado, 25 de septiembre de 2010

LA CUNA DE LA RELIGIÓN (Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes, de 1 de agosto de 1930)


LA CUNA DE LA RELIGIÓN
(Carta de la Sra. Heindel a los estudiantes, de 1 de agosto de 1930)

Al mirar hacia atrás la historia del hombre y del universo, nos esforzamos por formarnos un cuadro imaginativo del comienzo de la religión, tal como nos lo refiere la iglesia ortodoxa basándose en el libro del Génesis. La mente poco evolucionada se imagina a un hombre fornido, que se sienta sobre un trono, y crea los cielos y la tierra y todo lo que en ella se encuentra, en siete días. Y, después de haber hecho al hombre a su semejanza, lo pone en un hermoso jardín entre las más bellas frutas y flores: “Y mandó Jehová Dios al hombre diciendo: De todo árbol del huerto comerás, mas del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, no comerás.” (Génesis 2: 16-17).

Después de haber dado Dios este mandamiento a Adán, le creó, como compañera, una mujer. Más tarde, el Espíritu tentó a la mujer para que comiera de la fruta que Dios había prohibido y ella, entonces, tentó a su consorte, el cual también comió.

Esta historia se ha traducido y enseñado de manera literal y ha llegado a perturbar la fe de múltiples presuntos cristianos. Imaginémonos una mujer de nuestro tiempo en iguales circunstancias. ¿Qué haría ella si se le prohibiera comer de determinada fruta del jardín? ¿Verdad que la desearía mucho más que la fruta que se le ofrecía gratuitamente? Pues, debido en parte a esta afirmación del Antiguo Testamento, la mujer, durante siglos, ha sido sometida a la autoridad del hombre.

Sin embargo, a medida que evolucionan la intelectualidad del hombre y sus facultades de raciocinio, rehusa aceptar esa interpretación y empieza a buscar la verdad. ¡Y qué maravillosos son los misterios que descubre quien verdaderamente busca las cosas ocultas de Dios! Encuentra que el Jardín del Edén es un lugar santo; que existe, hoy como siempre, un reino grande y natural, la región Etérica, donde los hombres andaban y hablaban con Dios, donde vivía el hombre-dios, el espíritu verdadero que se manifestó en la Época Lemúrica. Allí los humanos se comunicaban con los ángeles. Entonces era el hombre puro y santo. No conocía el pecado. Y los cielos, para él, estaban abiertos. Pero había sido hecho a imagen y semejanza de Dios y, para que fuera semejante al Padre, era necesario que alcanzara gran sabiduría, el conocimiento y la comprensión de su origen. Por tanto, hubo de manifestarse en un cuerpo compuesto de la sustancia de la tierra, la que tenía que aprender a vencer. El hombre terrenal fue sombreado por el espíritu hasta que el cuerpo físico alcanzó tal desarrollo que el hombre espiritual pudo emplearlo para actuar en él.

Entonces se convirtió el hombre en alma viviente.

En esa etapa, la Caída del hombre, cuando el espíritu y el cuerpo animal se encontraron, empezó el conflicto por la supremacía. Ahora domina, a veces, el hombre animal y otras veces es más fuerte el hombre espiritual. Esta lucha ha
ocasionado el desarrollo del alma, pues sólo por virtud del conflicto, el dolor y el sufrimiento, puede lograrse el desarrollo espiritual. Durante esta lucha, el cuerpo va purificándose y perfeccionándose de modo paulatino.

El Jardín del Edén fue un estado en el que el hombre vivía consciente de los mundos celestiales. Pero, a medida que se introducía en la existencia material, iba quedando de aquel estado celestial sólo un vago recuerdo. Éste, sin embargo, esto tuvo que manifestarse en la acción. Y, cuando se expresaba, lo hacía en forma de religión. En su gran anhelo por recordar aquel lejano hogar espiritual, formuló un método de adoración. Los esfuerzos del hombre primitivo por dar expresión a su fe y a su anhelo de aquella Deidad que aún podía sentir aunque no ver, fueron el origen del simbolismo y de las ceremonias mediante las cuales lograba suscitar sus emociones. Durante aquellos tiempos de emoción, lograba, de vez en cuando, comunicarse con los reinos superiores, que ya se le habían cerrado. Y así, la religión se convirtió en un medio por el que recordar y darse cuenta de su divina esencia. Sin embargo, la religión tuvo su verdadero principio en el despertar de la facultad del raciocinio en el hombre.

El hombre primitivo tuvo necesidad de la presencia de Dios en una gran variedad de formas. Y se manifestaba en las que mejor se acomodaban a la inteligencia del adorador. El hombre lo veía, a menudo, en el relámpago y creía que, de esta manera, demostraba su enojo, vomitando fuego sobre la tierra. Oía su potente voz en el rugido del trueno. También se manifestaba Dios en las estrellas. El indio americano adoraba y oraba a su Dios poniéndose de pie en la cúspide de una colina y tomando al sol como símbolo del Ser Supremo. Conceptuaba el fuego como señal de gran poder, como cosa misteriosa que había que temer y adorar. Para el salvaje, era el símbolo de la Deidad. Sus bailes espirituales se efectuaban alrededor del fuego Podía despertar en él, con mayor facilidad, la imagen de la Deidad, por medio de los excitantes bailes de fuego y de serpientes. El Jardín del Edén, el mundo espiritual abríase para él merced a sus emociones, que despertaba mediante inauditos esfuerzos.
Al investigar sobre el origen de las diversas religiones del mundo, vemos que sus semillas se plantaron por mensajeros espirituales. Hemos visto un caso semejante registrado en la Biblia cuando el hombre, por su depravación e idolatría, había degenerado de tal manera, que se hizo de imperiosa necesidad la venida de un redentor. Moisés fue el escogido por el Señor para cumplir esa misión. Su vida fue planeada previamente. Una princesa lo adoptó, lo educó como hijo adoptivo del faraón y lo preparó para ser un caudillo. Durante su visita al sacerdote Jetro, en Madián, llegó a sentir vivo interés por los Misterios del Templo Al pie del monte Sinaí recibió una revelación divina y Dios se le apareció en una zarza ardiente.

Después, se convirtió en libertador de su pueblo, el judío. Antes de granjearse la confianza y la lealtad de este pueblo singular, tuvo que efectuar muchos ritos extraños. Gracias al desarrollo de su sexto sentido, fue capaz de comunicarse
directamente con los caudillos de lo alto, que le daban instrucciones y, mediante su direción, pudo hacer grandes señales y maravillas.

Los dioses, en los días de antaño, podían trabajar libremente con la humanidad por medio de los Espíritus de Raza, que dominaban al pueblo. Muy especialmente, así fue en el caso de los israelitas, debido a su costumbre de casarse siempre dentro de la propia raza, pues consideraban como un pecado muy grave el mezclar su sangre con la de otros pueblos. Esto creó, como consecuencia natural, una aversión contra los gentiles, que aún hoy día se hace sentir entre muchos judíos.

Los patriarcas hebreos de aquel entonces eran capaces de entrar en comunicación con los dioses, porque su espíritu gregario los mantenía en relación con la Región Etérica. Así, Moisés y su hermano Aarón lograron reinar sobre este raro pueblo que había sobrepasado la conciencia de las masas. Sus antepasados fueron los Semitas Originales de la Atlántida porque una minoría de ellos fueron leales a sus caudillos espirituales pegándose tercamente a su raza y tribu, y así fue cómo se les empleó por los Señores del Destino como progenitores de la presente raza aria.

Moisés, el hijo adoptivo del rey de Egipto, leal a su propia raza y sangre, mató a un oficial egipcio que encontró maltratando a una esclava judía y, debido a este acto, tuvo que huir al desierto. El “huir al desierto” es símbolo de una de las supremas pruebas que deben pasar los candidatos a la Iniciación, en alguna ocasión, a lo largo del Sendero. Estas pruebas o exámenes no son siempre de igual naturaleza, pues difieren según el temperamento y el carácter de la persona probada.

Moisés fue preparado para la Iniciación gracias a su relación con los escogidos de Egipto. Su madre adoptiva, la hija del faraón, era sacerdotisa de Hator y, como es natural, su hijo adoptivo, cuya educación fue dirigida por ella durante más de cuarenta años, de conformidad con la ley egipcia, fue Iniciado de la misma Orden. Moisés, antes de romper su relación con los egipcios, fue sacerdote en Heliópolis, a fin de convertirse en salvador de los hebreos. Él fue el fundador de la primera iglesia pues, en verdad, el Tabernáculo del Desierto fue el primer esfuerzo por unir a la humanidad en una comunidad para la adoración de Dios. Moisés hizo de esta adoración una ceremonia pública. Antes de él, los sacerdotes adoraban en secreto y los ricos que podían mantener el gasto, empleaban los servicios de un sacerdote, que se alquilaba para salvar las almas de aquella familia únicamente. Los pobres, que no podían pagar estos privilegios, eran abandonados para que flotaran dondequiera que la marea llevase su embarcación espiritual.

Naturalmente, la idolatría abundaba entre los egipcios de antaño. Moisés pasó por grandes dificultades después de guiar a los israelitas a la Tierra de Promisión, al cuidar de que no se dedicaran a la adoración de ídolos, puesto que siempre estaban dispuestos a renegar de su Señor y regresar a las prácticas idolátricas. A fin de apartarlos de estas tendencias, resultó necesario someterlos a
una ley muy rigurosa y, bajo la direción de las Jerarquías Divinas, se estableció un sistema de ritos y ceremonias que, cual una cerca, les brindaba protección y nunca dejaría de ser fuente de continuo progreso. El gobierno entero y sus leyes fueron establecidos para que rigieran de acuerdo con la iglesia. Había una ley moral y una ley ceremonial. Ésta se guardaba escrupulosamente y tenía por fin conservar la verdadera religión.

Esa religión se fundó con el propósito de preparar el cambio hacia el Evangelio de Cristo, el Gran Maestro pues, ¿no nos dijo Pablo que el Tabernáculo era la sombra de las buenas cosas por venir? Los profetas imprimieron en las mentes del pueblo el hecho de que tenían que prepararse para la liberación y esperar en el futuro la gran salvación, y que ese estado feliz les sería proporcionado a los judíos por un liberador, un Mesías, el Ungido, cuyo advenimiento sería como el de un gran rey, un gobernador que vestiría regias túnicas y vendría a la cabeza de un enorme ejército de guerreros que derrotaría completamente al enemigo. El ideal de un reino temporal y terrenal estimulaba la imaginación de este pueblo. Se esperaba que el Mesías elevara a la nación judía a la gloria material. Su advenimiento fue pronosticado en fecha temprana Los acontecimientos relacionados con Moisés acontecieron, según la crónica, hacia el año 600 antes de Cristo.

Este pueblo no podía creer en un Redentor Espiritual, un Salvador de almas. Los israelitas solían dividir la historia del mundo en dos grandes épocas: La primera abarcaba desde el principio del tiempo hasta el advenimiento del Mesías e incluía el período en el que vivían a la sazón. La segunda época, que ellos esperaban, sería una edad en que la rectitud y la paz reinarían triunfantes.


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